martes, 4 de febrero de 2014

Bemol Pispante, un ratón en el piano (Tony Amago / Nuria Rodriguez)

A Bemol Pispante le encantaba la música. Por eso el ratón Bemol vivía dentro de un piano. Era un lugar muy amplio, elegante y calentito, pero a Bemol lo que más le gustaba de si hogar era que cada día podía escuchar música durante horas.
El dueño del piano era un pianista que amaba su profesión, asi que se pasaba días enteros tocando y tocando. sonatas, rapsodias, partituras y demás piezas musicales sonaban dentro de la enorme sala y se escapaban por la ventana.

A Bemol le gustaba sentarse en un rincón tranquilo al final de la caja de resonancia y disfrutar las baladas de amor, y le gustaba también bailar entre los apagadores cuando el pianista tocaba una marcha.
 El pianista estaba contento con su piano. Tenía  un sonido espléndido y , sorprendentemente, hacía años que no tenía que afinarlo. Lo que el pianista no sabía era que, durante las noches, el pequeño Bemol se encargaba de tensar y afinar las cuerdas y de quitar el polvo que se acumulaba entre las teclas. A Bemol le gustaba tener su casa en buenas condiciones.

Algunas noches el ratoncillo se divertía patinando sobre la tapa del piano, y otras se las pasaba leyendo y memorizando las partituras que el pianista dejaba sobre el atril.

Para el resto de los ratones que vivían en la casa, Bemol era un loco. En lugar de los pequeños agujeros de la pared, prefería vivir en un piano. Eso era de locos. Además, el riesgo de ser descubierto por el pianista era enorme y, si al final esto ocurría, el hombre sabría que en su casa había ratones, y eso sería una desgracia para todos.

El Consejo de Ratón se reunió para tratar el asunto y llamar al orden al rebelde ratón.

-Bemol Pispante- dijo el ratón mas anciano de la casa-. Es nuestra decisión que a partir de esta misma noche abandones el piano como lugar de residencia. Pones en peligro al resto de la comunidad y eso no podemos permitirlo. de modo que tendrás que vivir aquí de todos modos.

Bemol intentó replicar, pero el anciano le cortó de inmediato:
-Bemol, no se hable mas, así debe hacerse. Sin embargo, te hemos te hemos preparado una de las cajas más cómodas del sótano; es de madera y está llena de ovillos de lana. Además, se encuentra en lo mas alto de la estantería, un lugar estupendo. Si quieres ser miembro de esta comunidad tendrás que aceptar nuestras decisiones.
 Bemol podía estar loco, pero era un ratón bueno, de manera que aceptó pensando en el bien de todos.

La caja era una maravilla, cómoda y bien situada. Para darle la bienvenida, el resto de los ratones  había dejado tres pedacitos de queso. Pero Bemol estaba triste, ¡cómo  echaba de menos su piano! La primera noche se comió un cachito de queso y con los otros dos que sobraban se hizo unos tapones para las orejas. Y funcionó, no escuchó nada en toda la noche y pronto se quedó dormido.

Al día siguiente, cuando le entró el hambre, se comió otro de los tapones de queso.
Al poco rato, las notas de una preciosa melodía que llegaba desde la sala de música de solaron por su oído derecho. Bemol  sintió unas ganas horribles de correr en dirección al sonido, pero apretó los dientes y se tapó la oreja con la mano. Así se pasó el día entero, con una mano y un trozo de queso tapándole las orejas.

El tercer día el pequeño Bemol se comió el último pedazo de queso y de esta forma se quedó sin tapones. Entonces, y desde la lejanía de la sala de música, llegaron hasta sus oídos las primeras notas de la Fantasía de Kortakowosky, sin duda la pieza más hermosa y compleja de toda la música escrita para piano.
 Su primera reacción fue taparse de nuevo las orejotas, pero sin darse cuenta comenzó a tararearla. Entonces retiró una mano, luego la otra y sin poder evitarlo salió corriendo escaleras arriba en dirección a la sala de música.

Atravesó varios tabiques, ascendió por una tubería y llegó hasta un pequeño agujero en la pared de la sala de música. Y allí estaba el pianista interpretando aquella maravillosa pieza.
-Tengo que llegar hasta allí- Pensó bemol.
Y sin dudar un segundo se puso a correr en dirección al piano exponiéndose a ser descubierto.

Pero Bemol tuvo suerte y llegó hasta las enormes patas del piano sin ser visto. El pianista estaba ensimismado moviendo vertiginosamente las manos sobre las teclas. El ratoncillo trepó por el piano y se escondió justo detrás del atril. Ese sería el lugar perfecto para disfrutar del concierto. ¡Qué magnifica vuelta a casa, en primera fila escuchando la Fantasía Kortakowsky!

La música era cada vez mas compleja; el pianista estaba sudando de lo lindo para llegar a todas las notas. El pequeño Bemol seguía detrás del atril moviendo sus deditos sobre el teclado imaginario. Y llegó el último movimiento, el más complicado. Ningún pianista había sido capaz de interpretarlo correctamente después del propio Kortakowsky. Bemol tomó aire y se dispuso a escuchar la parte final. Las notas se multiplicaron por diez, cada vez mas deprisa, cada vez mas hermosas.
 Y entonces, al final de la escala más difícil, ocurrió: una nota fuera de lugar sonó como el chirrido de una puerta en mitad de la melodía.
-¡Maldición, no es así!- gritó el pianista dando un puñetazo sobre el teclado.
-Jamás podré alcanzar estas notas.
Bemol se quedó inmóvil cruzando los dedos mientras repetía la escala en su pequeña cabeza. Entonces el pianista respiró hondo y dijo:
-Está bien, lo intentaré de nuevo.
Y comenzó  otra vez el último movimiento.
Sus manos fueron acariciando las teclas cada vez mas deprisa, en verdad permanecían montones de mariposas volando enloquecidas. Bemol seguía con los dedos cruzados pensando en cada nota, en casa tecla justo antes de que el pianista las tocara. Y entonces volvió a ocurrir: dos notas se cambiaron de sitio y el resultado fue un sonido tan desagradable como un pellizco en el moflete. Esta vez fue Bemol el que gritó:
-¡Maldición!- y de inmediato se tapó la boca asustado. Pero el pianista no le oyó, se había puesto a caminar por la sala murmurando enfadado.
Además, la voz de los ratones no es gran cosa.

El hombre volvió a sentarse mientras murmuraba:
-Muy bien, último intento.
Bemol seguía escondido pero cuando empezaron a sonar las notas supo que no podría concentrarse. El pianista estaba apunto de llegar al mismo compás que antes hiciera fallar cuando el ratoncito salió de detrás del atril y, con un certero salto, fue a caer exactamente sobre la nota que se le resistía al pianista.
Entonces el músico dejó de tocar y el pequeño ratón pensó que sería su fin.

Bemol no podía creer lo que acaba de hacer. Estaba encima de una tecla tapándose los ojos esperando que un puño le convirtiera en una tortilla y, lo que era peor, acababa de poner en serio peligro al resto de los ratones. Entonces, ante su sorpresa, el hombre habló:
-Muy bien ratón, te importaría repetirlo?
Bemol asisntió rápidamente con la cabeza. El pianista comenzó de nuevo a tocar y el pequeño roedor saltó y saltó sobre las teclas exactamente en el momento justo.

Así estuvieron toda la tarde, tocando entre los dos la pieza para piano mas complicada y hermosa que jamás se haya escrito. Entonces el hombre comprendió el secreto de la Fantasía Kortakowsky: había sido escrita para ser tocada por un pianista y un ratón. Y así lo hicieron a partir de entonces.

De modo que, si alguna vez tenéis la suerte de asistir a un recital de piano, fijaos en si un pequeño ratón salta de tecla en tecla entre las manos del pianista. Así sabréis  que están tocando la Fantasía Kortakowsky para pianista y ratón  Kortakowsky.



miércoles, 20 de noviembre de 2013

En el desvan (por Hiawyn Oram / Satoshi Kitamura)

Yo tenía un millón de juguetes y me aburría.
Subí al desván.
Y entré.
El desván estaba vacío. ¿O no?
Descubrí una familia de ratones y una colonia de escarabajos, y un lugar fresco
y tranquilo para descansar y pensar.

















Conocí a una araña y tejimos una telaraña.
Abrí una ventana que abría otras ventanas.
Descubrí un viejo motor y lo hice funcionar.
Salí a buscar con quien compartir lo que había encontrado,
y encontré un amigo.
Mi amigo y yo descubrimos un juego que podía durar para
siempre porque cambiaba todo el tiempo.

Bajé del desván y le conté a mamá dónde había
estado metido todo el día.
-Pero nosotros no tenemos desván- me dijo.

Bueno ella no puede saberlo, ¿o si?
Ella no ha encontrado la escalera.

lunes, 18 de noviembre de 2013

Ruiseñor (por: Benjamín Lacombe / Sébastien Rerez)

Aquella mañana, don Jacobo estaba aspirando el perfume de las flores,
cuando un grupo de niños del campamento fueron a interrumpirlo.
El intendente recibió aquel griterío con su sonrisa habitual.
De puntillas y entre grandes aspavientos, Hugo, Rosa, Francisco y todos los demás le pusieron en las narices unos trozos de papel garabateados que acababan de encontrar: La encantadora
chiquillería empujaba con tanta insistencia que, al final, don Jacobo tropezó y se encontró patas arriba en medio de un montón de papeles esparcidos.
Los recogió y se quedó unos instantes perplejo ante aquellos recortes de papel pintado que, al parecer, formaban un puzle. Después, decidió componerlos hasta que por fin pudo leer algunas frases.
Los niños lo miraban con los ojos como platos.

Tiene buen juicio, sin artificio.
As del balón, un campeón.
 
Guasón, jocoso, burlón, gracioso,
¡un gran chistoso!
 
Sube una falda, silba de espalda,
toda ternura, su travesura.
 
Correr, reír, ser muy feliz.
¡Hugo es así!
R.

Vaya Hugo, ¡ parece que tienes un admirador secreto!- exclamó don Jacobo cuando terminó de leer.
Hugo hinchó el pecho y, con paso decidido, se dirigió hacia sus amigos; les sacaba a todos una cabeza.
-Di, Rosa, ¿no serás tú la que firma los papeles con una R?- preguntó Hugo con tono inquisidor a la pelirroja de los dientes de acero.
-¡Fero qué difef, Hugo! Fi yo eftaba con vofotrof...Fregúntale a Fulia fi no me creef.
Un alegre canturreo, parecido al de un pinzón, se mezclaba con las conversaciones.





















De vuelta a la casa, cada quien buscó de qué pared procedía su papel.
-El mío viene de aquí- exclamó alegremente el pequeño Franki.
¿Seguro, Franki cuatro ojos? preguntó Hugo, y provocó las risas de todos los presentes.
Puede que sea un cuatro ojos, pero he sido el primero en encontrarlo- murmuró.
La alegre pandilla recorría la casa de brinco en brinco. Todos los niños estaban emocionados con aquel fabuloso juego de papeles. Don Jacobo corría tras de ellos, intentando que entraran en razón:
-Vamos, niños, tenemos cosas mejores que hacer. Es hora de ir a la playa.
Don Jacobo disfrutaba de esa primera lección de equitación que se desarrollaba por la tarde en la playa.
Sin embargo, los niños, tenían la cabeza en otro sitio.
Se observaban los unos a los otros y se preguntaban cuál de ellos sería el misterioso poeta.
De pronto, don Jacobo se desplomó desde lo alto de su montura, lo que les sacó de su ensoñación.
Con el rostro lleno de arena, el intendente trató de dar la caza a su caballo, que se escapaba al galope.
Los niños soltaron una carcajada al ver al intendente correr tras el caballo. Y cuando Francisco
lanzó un primer puñado de arena sobre Julia y su maleta color zanahoria, la situación degeneró en una batalla campal.
-Calma, niños calma- intervino Jacobo.
El mensajero había vuelta a dar el golpe durante la noche, y esta vez describía a don Jacobo. Hugo no salía de su asombro
"¡Increíble!- pensaba Hugo-.¡Y eso que ha espiado a todo el mundo!.
 
Gran andarín y soñador.
Tiene un sinfín de buen humor.
 
Siempre risueño con los pequeños,
por sus trastados nunca se enfada.
 
Juega a las pistas alegremente.
Sabio y paciente, nuestro intendente.
R.

El juego de pistas continuó un tiempo. Julia, la guapa artista desgreñada, y Francisco que leía por la noche bajo las sábanas, fueron los siguientes victimas.

Y después, poco a poco, casi todos los niños del campamento recibieron un poema.
El misterio se hacía cada vez mas impenetrable.
Un día, el suelo de la entrada apareció decorado con una flecha de arena señalaba hacia la playa.
-¡Qué chulo! Un camino de flechas- exclamó Hugo, que salió corriendo a toda prisa, con todos los miembros del campamento pisándole los talones.
En las casetas de la playa se veían, pegados a toda prisa, varios papeles pintados.
Don Jacobo arrancó algunos de los fragmentos.
-¡Pero si pone lo mismo en todos!- exclamó extrañado.

Hay palabras
que debe  decir uno mismo.
Cita en el viejo
teatro abandonado...
R.
 
El mensaje era inequívoco. Todos los niños salieron corriendo hacia el teatro; competían por ver quién llegaba primero. Dentro del edificio, el escenario estaba vacío. Las velas iluminaban débilmente el pesado telón, que caía en cascada.
Las tablas estaban  cubiertas de pétalos  de flores, cuyo aroma se mezclaba  con el olor
a polvo y a papeles viejos .
Un embriagador perfume lo  impregnaba todo.
Los niños, con gran expectación, se hundieron en las amplias butacas y poco a poco guardaron silencio.
A algunos les colgaban las piernas  en el asiento. En primera fila, don Jacobo observaba con todo detalle el increíble  decorado.
Se hizo un silencio sepulcral.
En ese momento, un chico asomó tímidamente la cabeza detrás del telón  y salió al escenario con paso inseguro.
Por la sala se propagó un susurro generalizado.
-¡Tú lo conoces?- preguntó Francisco.
-No se quién es- respondió Hugo.
-¡No lo he vifto jamáf!- replicó rosa.
-¡estaba en el campamento?- inquirió Franki.
El chico se quedó quieto hasta que reinó de nuevo la calma. Entonces, subió los hombros,
llenó el estomago de aire y entonó su primera nota...

Siempre que paseo veo
gente, ruido y ajetreo.
 
Sin palabras si emoción,
nunca llamo la atención.
 
Siempre solo y apartado,
con el corazón aislado.
 
Ante el ministerio y lo incierto,
me gusta soñar despierto.
 
Papelitos de amistad,
mi invitación transportad.
 
Canturreo en mi menor,
me llaman el Ruiseñor.

Saludó y animado por una salva de aplausos, empezó a cantar otra canción, y luego otra...
Y dejó a su público con la boca abierta.
Desde ese día, no vamos a decir que el joven cantante  se volvieron tan hablador como una cotorra, pero sí que encontró compañeros de vuelo y demostró que se había ganado su bonito apodo: Ruiseñor.

lunes, 11 de noviembre de 2013

La Ceiba (por: Rina Singh / Helen Cann)

Hace muchos años, muchos años, en la selva guatemalteca crecía una ennorme ceiba. La selva era tan frondosa que, una vez dentro, no se veía el cielo. Tan sólo se veían árboles, y el suelo del  bosque cubierto de una gruesa capa de hojas secas y mojadas.
En la selva habían más ceiba, pero ninguna tan majestuosa como aquella. Era el árbol más alto y ás grande de todo el bosque. Era tan alto que era imposible ver su copa porque ésta se abría por encima del dosel que formaban los demás árboles y dominaba la selva como si fuera un paraguas gigante. Era tan colosal que la base del tronco medía veinte brazas y las ramas parecía que tocaban el cielo.

Los habitantes de aquella parte del mundo creían que los espíritus de los muertos viajaban por las ramas de aquel árbol para alcanzar el cielo. También corrían rumores de que pasaban otras cosas. Decían entre susurros que hahía almas que no habían conseguido nunca llegar al cielo y se habían quedado atrapadas dentro del tronco de la enorme ceiba. los atormentados espíritus se retorcían y enrollaban por  sus ramas. Aquel bosque mágico y además estaba embrujado.
 Los habitantes de un pueblo llamado Choco Machacas, que estaba justo en la entrada de la selva, decían que quien intentaba entrar en ella a lo mejor no salía nunca más. Los afortunados que lograban regresar portaban flores salvajes y frutas que tenáin propiedad mágicas para curar enfermedades. Incluso algunos volvían con unas hormigas capaces de cerrar y cicatrizar heridas que parecían incurables.

En Choco Machacas vivía una joven llamada Rio. Era tan bonita como el río que le había prestado el nombre.
Su mirada era tan profunda como las aguas de la  corriente y tenía cautivados a todos los muchachos, que intentaban complacerla haciéndole regalos y afreciendose para casarse con ella. Pero Río no parecía tener prisa por tomar una decisión. Uno de sus admiradores, Vidal, se resistía a ser rechazado y no se cansaba de preguntarle qué podía hacer para demostrarle su amor.
Un día que Río volvía de su cabaña, el joven la detuvo y le dijo:
-Deja de jugar con mi corazón, Río, ya sabes que te pertenezco. ¿Qué quieres que haga para demostrártelo? Sorprendida por la repentina aparición, la muchacha le dijo lo primero que se le ocurrió.
- Ve al bosque, busca la gran ceiba y tráeme dieciocho frutos y dieciocho flores.
 Era el sueño de todas las chicas lavarse con el néctar de aquellas flores rellenar la almohada con las semillas de sus frutos. El néctar prometía una piel fina y sedosa y decían que las semillas propiciaban hermosos sueños.
La muchacha esperaba que Vidal dudara; pensó que la selva le daría miedo y que se echaría para atrás como todos los demás jóvenes, pero Vidal se quedó dormido inmóvil como un árbol.
-Dentro de un mes- añadió la chica- ya habrán pasado las lluvias y el árbol florecerá y dará frutos. Te lo advierto: el olor de las flores es tan nauseabundo que es insoportable, pero si a pesar de eso me traes las flores y los frutos, seré tuya.
Dicho esto, Río entró a su cabaña. Vidal se quedó afuera sin entender por qué Río, con lo guapa que ya era, quería lavarse con el néctar de aquellas flores. Pero si era lo que Río deseaba, él se lo traería. En el momento en que se daba vuelta para marcharse, Río salió de la cabaña y añadió un consejo: "¡Ten cuidado con los murciélagos, Vidal!".
 El muchacho se fue y esperó a que pasara la estación de la lluvia. Siguió lloviendo lo largo de los días y de las noches y cada vez se sentía mas inquieto.
Sus amigos se lo advirtieron: "No vayas, Vidal. El  bosque te engullirá". Los ancianos también le avisaron: "Los espíritus de los árboles no dejarán que regreses nunca más".
Pero Vidal sólo tenía una cosa en la cabeza: casarse con Río. Un día, al levantarse, vio que el cielo estaba azul, sin una sola nube. Cogió un saco de cáñamo y empezó a andar hacia el bosque. Al adentrarse oyó los tucanes y los guacamayos que habitaban en las copas de los árboles. Entonces, durante un rato, el bosque se quedó en silencio. Los monos cara de araña y los osos hormigueros lo observaron desconfiados. Las serpientes  de los árboles, los perezosos y las ranas  detuvieron toda actividad para mirar al intruso. Cuando vieron que no llevaba ninguna cerbatana y que no mostraba interés alguno por hacerles daño, lo ignoraron y retomaron sus actividades. En el bosque no habían caminos y por muchos que se esforzaba en abrirse paso a entre los árboles no llegaba a ningún  sitio. Al cabo de horas y más horas, por fin se encontró ante un árbol gigante. Miró hacia arriba y sintió un estremecimiento. Sin duda aquella era la ceiba que buscaba. Se sintió como si estuviera en presencia de un poderoso espíritu. Volvió a mirar para arriba y vio que los rayos del sol todavía penetraban por entre los árboles. Las flores del árbol no se abrirían hasta que el sol se hubiera puesto, y como estaba cansado de tanto caminar y de tanto calor se puso el saco debajo de la cabeza y se durmió.

Un olor repugnante y unos chillidos lo despertaron, y vio horrorizado cómo centenares de murciélagos chupaban el néctar de las flores blancas. Las serpientes de los árboles se habían disfrazado de hiedra y esperaban inmóviles para atrapar a los murciélagos. Vidal se quedó agachado en el suelo. Abrió el saco que llevaba colgado y empezó a coger los frutos y las flores caídas por el suelo.
-¡Quieto! Debes marcharte ahora del bosque.
Vidal miró a su alrededor para ver quien le había dirigido la palabra, pero no vio más que serpientes y murciélagos. Debía de haber sido su imaginación, se dijo, o tal vez el calor se le había subido a la cabeza.
Volvió a agacharse para recoger más flores mientras los murciélagos se cernían sobre su cabeza. Los murciélagos no le matarían, rara vez atacaban a los humanos, pensó. Y los espíritus  estaban atrapados dentro del tronco.
¿Qué daño podían hacerle? Sin embargo, sintió las piernas  pesadas y apenas podía moverlas. Era un ataque de pánico, soltó el saco y se acurrucó abrazándose las rodillas. Algo más calmado, sintió que la sangre volvía a circularle por las piernas. Se notó un poco mareado y se apoyó en el árbol para no caerse. Entonces volvió a coger el saco y empezó a contar los frutos: cinco, seis, siete. Quería salir del bosque lo antes posible.
Sintió otra vez  que las piernas le pesaban. Intentó sacudirlas pero era como si hubiera echado raíces en el suelo del bosque. Debía de ser cosa de los espíritus que se escondían en el interior del árbol.
-¡Dejadme marchar!- les pidió.
-Deja el saco y vete- dijeron los espíritus-. Ésta es la última oportunidad que te damos. Aléjate del bosque. Te prohibimos que te lleves ningún fruto ni ninguna flor.
 Pero Vidal no podía irse y presentarse ante su amada sin los obsequios que le habían prometido. Prefería morir en la selva que decepcionar a la joven Río. Cogió el saco con más fuerza todavía y sintió las piernas más pesadas.
-¿Dejadme que me vaya!- suplicó.

Los espíritus del árbol no dijeron nada más, pero Vidal ya no podía moverse. Miró hacia abajo y vio, aterrorizado, que la mitad inferior de su cuerpo se había convertido en corteza y que poco a poco sus brazos se iban volviendo hiedra. Se le cayó el saco al suelo y todos los frutos y las flores se desparramaron.
Por el pueblo corrió la voz de que los espíritus del árbol habían devorado a Vidal. Cuando la noticia del sacrificio del muchacho llegó a la joven, ésta se entristeció profundamente. ¿Cómo había podido ser tan injusta  con el hombre que la amaba tanto? Sin decir ni una palabra a nadie, se adentró en el bosque para ir en busca de Vidal. Anduvo un día y una noche sin parar, hasta que finalmente se encontró ante la gran ceiba.
Cuando miró hacia arriba, también ella sintió un estremecimiento porque nunca había visto un árbol tan magnifico. Entonces, vio a Vidal convertido en madera. Río cayó de rodillas y se puso a llorar. Les suplicó a los espíritus del árbol que lo liberaran y que la hicieran prisionera a ella.

Quizás fueron sus lágrimas o tal vez el amor que sentía lo que conmovió a los espíritus, porque poco a poco la madera se fue convirtiendo en carne y Vidal volvió a la vida.
Río lloraba de alegría y juntos rehicieron el camino para no salir del bosque, pero no sin haber abrazado al árbol y haberse prometido el uno al otro que serían fieles el resto de su vida.

La escuela secreta de Nasreen (Por: Jeanette Winter)

Mi nieta, Nasreen, vive conmigo en Herat, una antigua ciudad de Afganistán.
Hubo un tiempo en el que allí florecieron el arte, la música y el saber.

Entonces llegaron los soldados y todo cambió.
El arte, la música y el saber desaparecieron. La ciudad se cubrió de nubes negras.
La pobre Nasreen se quedaba en casa todo el día, porque a las niñas les está prohibido
ir a la escuela. Los soldados talibanes no quieren que las niñas aprendan nada acerca del mundo, como su
mamá y yo lo hicimos cuando éramos pequeñas.

Una noche, los soldados vinieron a nuestra casa y se llevaron a mi hijo
sin ninguna explicación.
Esperamos su regreso durante muchos días y muchas noches.

Al final, la mamá de Nasreen, desesperada, salió  a buscarle, aún sabiendo que
las mujeres y las niñas tenían prohibido salir solas a la calle.

La luna llena pasó muchas veces por nuestras ventanas, y Nasreen y yo seguíamos esperando.
Nasreen nunca decía una palabra.
Nunca sonreía.
Sólo se quedaba sentada, esperando a que papá y mamá regresaran.

Supe que tenia que hacer algo.
Había oído hablar de una escuela- una escuela secreta para niñas- detrás de una puerta verde en una calle cercana. Yo quería que Nasreen fuera a esa escuela secreta.
Quería que aprendiera sobre el mundo, como yo había hecho.
Quería que volviera a hablar.

Así que un día, Nasreen y yo apresuramos por las calles hasta que llegamos a la puerta verde.
Por suerte, no nos vio ningún soldado.
Llamé con suavidad.
La maestra abrió la puerta y entramos rápidamente.

Cruzamos el patio hacia la escuela, una habitación llena
de niñas en una casa particular.
Nasreen se sentó al fondo de la estancia.
Allah por favor, haz que abra sus ojos al mundo,
recé mientras la dejaba allí.

Nasreen no hablaba con las otras niñas.
No hablaba con la maestra. En casa permanecía en silencio.

Me preocupaba que los soldados descubrieran la escuela.
Pero las niñas eran listas. Entraban y salían a distintas horas para no despertar sospechas.
Y los niños, cuando veían a los soldados cerca de la puerta verde, los distraían.

Oí que un soldado un día aporreó la puerta exigiendo entrar.
Pero todo lo que encontró fue una habitación llena de niñas que leían el Corán,
lo que sí estaba permitido. Las niñas habían escondido sus deberes y habían
engañado al soldado.

Una de las niñas, Mina, se sentaba al lado de Nasreen todos los días. Pero nunca hablaban entre ellas.
Mientras las niñas aprendían, Nasreen permanecía encerrada en sí misma.

Yo estaba muy preocupada.

Cuando la escuela cerró por el largo descanso invernal,
Nasreen y yo nos sentábamos junto al fuego.
Los parientes nos daban toda la comida y la leña que podían compartir.
Echábamos de menos a su mamá y a mi hijo mas que nunca.
¿Sabríamos algún día que fue lo que ocurrió?

El día que Nasreen  volvió a la escuela, Mina le susurró al oído:
Te he echado  de menos.
¡Y Nasreen le contestó!: Yo también te he echado  de menos.

Con esas palabras, las primeras desde que mamá salió en búsqueda de
su papá, Nasreen abrió su corazón a Mina.
Y sonrió por primera vez desde que se  llevaron a su papá.
Por fin, poco a poco, día a día Nasreen aprendió a leer,
a escribir, a sumar y a restar.

Cada noche me enseñaba lo que había descubierto ese día.
Las ventanas del mundo se abrieron por fin a Nasreen en aquella pequeña aula de escuela.
Aprendió acerca de los artistas, escritores, sabios y místicos que, tiempo atrás, hicieron de Herat una bella ciudad.
Nasreen ya no se sentía sola.
El conocimiento que atesoraba en su interior le acompañará siempre, como un buen amigo.
Ahora ya puede ver el cielo azul que hay detrás de esas negras nubes.


















En cuanto a mí, mi mente está en paz.
Sigo esperando a mi hijo y a su mujer.
Pero los soldados ya nunca podrán cerrar las ventanas que se han abierto para mi nieta.
Insha´Allah. (si Dios quiere)




viernes, 8 de noviembre de 2013

El deseo de Ruby (Por: Shirin Yim / Sophie Blackall)

Si os adentráis por las calles de cierta ciudad China, dejando atrás el mercado de
animales, con sus gorriones de Java en jaulas de bambú y sus pesces de colores y gálapagos en peceras de porcelana, llegaréis a una manzana de apartamentos. ahora vivien allí muchas familias, y el edificio está oscurecido por el paso del tiempoy la suciedad. Pero si miráis  atentamente, os daréis cuenta de que hubo un tiempo en que aquello era una sola casa, el grandioso hogar de una única familia.

La casa fue construida por un anciano a su regreso de la Montaña de Oro. Así llamaban los chinos a california, cuando muchos se marchaban  allí aquejados  de la Fiebre del Oro y pocos regresaban. Pero como iba diciendo, este hombre regresó, y regresó muy rico. E hizo lo que los  hombres ricos hacían en China de entonces:
Se casó con varias mujeres. Sus mujeres tuvieron varios hijos y estos se casaron a su vez con varias mujeres. Así hubo un momento en el que la casa se llenó con los gritos y las risas de mas de cien niños.


Entre tanta chiquillería, había una niña a la que llamaban Ruby porque le encantaba el color rojo. En China, el rojo es un color festivo. El año Nuevo, por ejemplo, los niños reciben sobres rojos llenos  de dinero de la suerte. También las novias se visten de rojo el día de su boda. Pero Ruby quería ir de rojo todos los días del año. Si su madre le obligaba a ponerse ropa oscura, entonces la niña se ataba el pelo con lacitos rojos.

Con tantos nietos, el abuelo de Ruby decidió contratar a un profesor particular. Quien quisiera aprender, podría asistir a clases. Esto no era habitual en China de entonces, cuando la mayoría de las niñas no sabía ni leer ni escribir.

Se hacía buen tiempo, las clases se daban en el jardín. los ventanales del despacho del abuelo de Ruby daban justo allí y a él le gustaba asomarse para echar un vistazo a los niños.

Un día, el abuelo de Ruby miró por la ventana y descubrió  que el gran muro blanco del jardín estaba cubierto con hojas caligrafiadas. Sus nietos habían estado practicando caligrafía. Algunos se habían puesto perdidos de tinta, y , al verlos, el abuelo de Ruby soltó una carcajada.
Un día se dio cuenta de que una de las hojas del muro era mejor que el resto. ¿Cuál de los nietos había realizado una caligrafía tan hermosa? Abajo, en el jardín, el profesor estaba felicitando a Ruby y las orejas de la niña se pusieron tan rojas como su chaquetilla.

Pero aunque Ruby era igual o mejor que sus primos varones, la niña debía trabajar mucho mas duro que ellos. Cuando los chicos terminaban sus deberes del día, podían ir a jugar. Pero las niñas tenían que aprender a cocinar y otras tareas del hogar. De hecho, según sus madres, esas eran las únicas tareas que merecían la pena aprender.

Una a una, todas las niñas, desanimadas, dejaron de ir a clases. Todas excepto Ruby  ella dejaba su labor de costura para la noche, y a menudo, la vela de su cuarto seguía encendida muchas horas después de que el mundo se hubiera ido a la cama.

Un día, los niños tuvieron que escribir un poema. Ruby escribió:
Ah, ya mala es la suerte haber nacido niña; pero peor es nacer en esta casa donde sólo cuentan los niños.
El profesor quedó muy impresionado con las palabras de Ruby. Le enseñó el poema al abuelo, que muy preocupado hizo llamar a su despacho.

Ruby encontró a su abuelo sentado en una butaca, con su poema extendido sobre la mesa.
"¿Has escrito tú este poema?", le preguntó el abuelo.
"Si, abuelo", contesta la niña.
"¿ De verdad crees que en esta casa sólo nos importa los chicos?"
"Oh, no, abuelo," contestó Ruby, sintiendo mucho haber dado un disgusto a su abuelo. "Nos cuidáis muy bien a todos, y estamos muy agradecidos por ello".

"Pequeña Ruby", dijo el abuelo suavemente. "Realmente me gustaría saber por qué has escrito este poema.
¿Qué privilegios reciben aquí los niños?".
"Bueno", contestó la niña, intentando recordar algunas cosillas sin importancia, "en la fiesta de la Luna, por ejemplo, a los chicos siempre les dan el trozo de pastel de luna que tiene la yema de huevo".

"Mmm", dijo el abuelo, como si esperase algo más grave."¿Es verdad eso?"
"Si", siguió Ruby. "Y en la Fiesta del Farolillo, a las niñas nos dan un simple farol de papel, mientras que ellos tienen faroles rojos preciosos con formas de pez, gallo o dragón"

El abuelo de Ruby sonrió  para sus adentros. No lo había pensado antes, pero era evidente cuánto le hubiera gustado a su nieta un farolillo rojo.
"Pero lo más importante...", dijo Ruby sin dejar de mirarse las zapatillas rojas, "...es que los chicos pueden ir a la universidad y en cambio nosotras tenemos que casarnos".

"¿No te quieres casar?", le preguntó el abuelo. "Ya sabes que eres afortunada, pues cualquier hombre querría casarse con una hija de esta casa".
"Lo sé, abuelo", dijo Ruby, "pero preferiría ir a la universidad".

El abuelo le acarició la cabeza:"Gracias, Ruby, por hablar conmigo. Sigue con tus clases y aprovéchalas todo lo que puedas".

Y eso hizo Ruby. Sus primos crecieron y algunos fueron a la universidad. Otros se quedaron en la casa y formaron sus propias familias. Pero las niñas, al hacerse mayores, se casaron y fueron enviadas a vivir a los hogares de sus maridos. Ruby sabía que pronto sería su turno. Faltaba poco para la llegada del Año Nuevo Chino y ella suponía que aquel sería su último año en casa. Bajo la fina capa de hielo del estanque, Ruby podía ver una carpa anaranjada intentando a duras penas respirar.

El Día de Año Nuevo, Ruby se puso sus zapatillas de terciopelo rojo y se recogió el pelo con lazos rojos. Quería felicitar el año a todo el mundo. Empezó por sus primos casados, luego sus padres, tíos, tías...Cada uno de ellos le entregaba un sobrecito rojo lleno de dinero de la suerte. Finalmente, Ruby
 saludó con respeto a su anciano abuelo: "Buena suerte y prosperidad, Abuelo".
"Buena suerte, mi pequeña  Rubby", contestó el abuelo. Y le entregó un gran sobre rojo.

Ruby podía sentir los ojos de todos clavados en ella mientras abría el sobre. ¿A que no adivináis lo que había adentro? No, no era dinero. ¡Era algo muchísimo mejor!.

El sobre contenía la carta de una universidad diciendo que Ruby había sido admitida para estudiar allí el próximo curso.

Y así fue como Ruby consiguió hacer realidad su deseo. Lo que os he contado sucedió de verdad hace mucho tiempo. ¿Qué cómo lo sé? Bueno, Ruby es mi abuela...
y sigue llevando algo rojo todos los días.